La ciencia de las letras.

Trágicos sucesos por primera y última vez. ¡Qué ironía!

Por fin.

Iba a volver a verla, después de la insoportable distancia que había constituido una lejanía más fuerte y poderosa que la propia distancia física. La tenía ahí. Al final de la calle, cruzando el paso de cebra. Blanco y negro bajo sus pies, como la vida misma.

Iba yo con mi sombrero azul y una sonrisa por toda expresión, cuando de pronto sonó un disparo sordo.

Brotó la sangre, y ella se desplomó.

Rápidamente, como movido por una fuerza mayor, arrastré su cuerpo, que en aquellos momentos había perdido ya una considerable cantidad de sangre, hasta dentro del restaurante más cercano que teníamos, y la cobijé lo más rápido pero lo mejor que pude por si volvía a cernirse sobre ella el plomo asesino. 

Los servicios de emergencia llegaron pronto. No hicieron preguntas; yo tampoco habría podido responderlas. Aún me pitaban los oídos.

La había estado mirando a los ojos. Los suyos reflejaban miedo, y los míos tenían en ellos el mayor horror que jamás habría podido experimentar. Luego sus ojos se cerraron, lo que me hizo temer más aún, si cabe.

La subieron a la camilla y yo, con decididos movimientos y silencioso, la acompañé hasta dentro de la ambulancia y de allí hasta el hospital.

Nunca había estado en una ambulancia. Estaba viviendo trágicos sucesos por primera y última vez. ¡Qué ironía!

Cuando llegamos al hospital ya la habían entubado y se la llevaron a quirófano. A mi me tocó permanecer en la misma posición que en la ambulancia: con los dedos entrelazados y las manos entre mis piernas, encorvado por el magno pero de la situación que acarreaba ahora sobre mis hombros. Ni el mismísimo Atlas habría podido soportarlo.

Llegó su familia. Nunca había visto a su madre, pero supe que era ella. Tenían los mismo ojos...

Apenas me hizo preguntas. El nudo en mi garganta y las lágrimas que brotaban de sus ojos no nos permitían hablar.

Estuvimos allí horas. Sentados uno junto al otro sin mediar palabra, gesto, acto o emoción que supliera aquella situación de desasosiego.

Desoí todas las advertencias, suyas, de los médicos y de mis propios padres de marcharme a casa. Solo conseguirían que abandonara aquella sala de espera si me sacaban a mi también en una camilla.

Después de esperar largo y tendido sin siquiera moverme, se me entumecieron los músculos y mis rodillas crujieron al levantarme para escuchar al portador de noticias bajo una bata blanca y sujetando unos papeles.

La bala había rozado un pulmón, el izquierdo. La cirugía había ido bien. Mejor de lo esperado, pero ella iba a necesitar sangre para poder pasar las horas siguientes.

Antes de que el médico diera más instrucciones yo tenía la camisa remangada a una altura suficiente. Sabía que nuestros grupos sanguíneos eran compatibles. Nunca lo había preguntado, pero en lo más hondo de mi ser tenía esa certeza.

Sentado en aquella sala rodeado de enfermeros extrayéndome hemoglobina suficiente para un regimiento, pensé en lo poético que sonaba que fuese a haber una parte de mi literalmente en su corazón. Cada vez que ese líquido que una vez formó parte de mi lo bombease su corazón, el mío latiría a compás con el suyo. Compondrían tan bella sinfonía juntos...

Insistí en permanecer a su lado en la habitación, pero pasadas unas horas comprendí que su familia requería privacidad. Me marché a la sala de espera, desde donde se podía ver el mar. No volvería a pasar por casa de mis padres antes de marcharme, e incluso retrasaría mi partida si fuese necesario, pero no pensaba abandonarla hasta que estuviera bien.

Transcurridas algunas horas más, y después de alguna que otra cabezada en aquel incómodo sofá, volví a la habitación 323,  fue su madre ahora la que se ausentó. Necesitaba un café  aire fresco.

Yo permanecí allí sentado, mirándola... ¡Qué bello ser! Su blanca y delicada piel... Cuánta belleza... ternura... delicadeza


Al día siguiente por fin despertó. Comprendiendo la situación,  por respeto a la familia directa pasé a segundo plano casi sin que se dieran cuenta.

En una de las múltiples visitas del médico, me dijo que había detectado algo extraño en mi sangre. Dijo que no tenía suficiente  información, pero que convendría hacerse un escáner completo.

En otro par de días a ella se iba a marchar a su casa, así que no había motivo para permanecer allí, importunando con mi presencia. Decidí que sería buen momento para concertar cita con mi médico.

La cita fue al día siguiente, miércoles a las 13:10. Qué distintas eran ahora las salas de espera, incluso aquella más bien vacía en el pueblecito... Conseguía turbarme los nervios, y eso no era algo que se lograse hacer con facilidad...

La doctora, al oír mis palabras  expresarle la manifiesta preocupación del médico del hospital, encargó un escáner completo urgente. Con ayuda de algunos contactos, se aceleró a la semana siguiente, lunes a las 9:37.

En todo ese tiempo, no fui a visitarla. Bastantes visitas tendría ya y no quería suponerle motivo de agobio. Algún ramo de flores sin más que un Á. como dedicatoria bastaba para que supiera que estaba en mis pensamientos a cada segundo.


El miércoles siguiente ya estaban los resultados. A las 11:27 entré a la consulta que tantas veces había visitado, sin saber que a partir de ese momento, en lugar de avanzar, las manecillas del reloj irían hacia atrás.

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