La ciencia de las letras.

Historias de la vieja Rusia.

Recuerdo los desfiles de cuando era niño. De pie junto a mi padre. Viendo esos camiones paseando con cohetes, cañones... Sencillamente precioso.

Ah... Y todos esos hombres marchando al unísono. Saludándome al unísono... Nuestros soldados.

Nuestra nación...

Yuri Gagarin fue el primer astronauta. ¡Qué orgullosos estábamos!

Luego todo se quebró. Mi hija, carne de mi carne, sangre de mi sangre, se enamoró de un disidente. Comenzaron a aparecer rumores de que traicionaría al Kremlin por mi hija...

Cuando la capturaron... No podía soportar la idea de saber lo que le harían y no hacer nada al respecto. Así que obedecí mi instinto más profundo y escapé con ella.

Pasamos un auténtico calvario hasta poder cruzar la frontera por el lago Peipur, pero al otro lado esos cabrones nos estaban esperando.

Mi hija logró escapar, pero yo no tuve la misma suerte... Los del Kremlin decidieron dar un castigo ejemplar conmigo.

Esos desgraciados me enviaron a los campos de trabajos forzados de Siberia. ¿Puedes imaginar lo que eso supone para un comandante de las Spetsnaz? Yo había metido allí a más de la mitad de presos. En las celdas, que era donde me tenían a mi, solo quedaban cascarones de huesos esperando a abrazar cálidamente a la Dama de la Capucha.

Y aquí me pudro en mi celda, cuestionándome si para las atrocidades que he cometido durante todos estos años era justificación suficiente hacerlo en nombre de mi bandera... De mi imperio... Sin embargo, ahora que me encuentro aquí viendo cómo se me acaba la vida por haber salvado lo único bueno que he creado en mi trágica y miserable vida. Lo único bueno que quedará de mi...

Ahora soy yo, el poderoso coronel de las Spetsnaz, el que se codeaba con la élite de la potencia roja, el que cenaba con el mismísimo Putin, quien se pudre en el agujero al que vienen a parar todos los traidores...

Y durante todo el día una pregunta me ronda la mente. Ahora que mis lealtades han cambiado. Que todo en lo que creía y todo lo que defendí me ha dado la espalda. Mientras le ruego a Dios para que mi hija esté a salvo, retumba en mi cabeza sin cesar: ¿y si toda mi vida ha sido un error?

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