La ciencia de las letras.

La botella.

Y conforme se acababa la botella, nuestro tiempo también se agotaba.

Cada vez estaba más cerca el fondo. Fondo como en el que me encontraba yo esa noche. Fondo como el de mi corazón, hasta donde tú habías llegado con sorprendente facilidad.

Pero la embriaguez del momento era lo único que me hacía olvidar durante unos leves segundos. Luego volvía a golpearme la dura realidad. Esos 1700 kilómetros caían sobre mis hombros como pesadas losas de roca, y me recordaban que cada segundo que pasase aquí, te tenía más lejos. Cada momento era perdido, cada mirada vacía y cada sentimiento desperdiciado.

La botella estaba acabándose ya. Y ya apenas sentía nada. Ni el calor de mi acompañante, ni el aroma del mar... Mi añorado mar. ¡Cuánto lo echo de menos! ¡Qué de buenos momentos en su compañía!...

El fin se acerca. El vasito de mi bebida rusa destilada parece rellenarse cada vez con más ansiosa rapidez.

Y ahora ya vuelvo a sentir, pero es el ardor de la enfermedad que me recuerda que con la botella me estoy bebiendo lo que queda de mi. 

Y así, en esta pequeña y lejana habitación de Madrid, acompañado pero solitario, es como me despido... Sí. Apenas quedan ya unas gotas en la botella, pero como hay Dios que esta noche beberé mi vida hasta el último sorbo.

Así que sí, me despido de ti...

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