La ciencia de las letras.

Trágicos sucesos por primera y última vez. ¡Qué ironía!

Escrito por lacienciadelasletras 24-09-2018 en noche. Comentarios (0)

Por fin.

Iba a volver a verla, después de la insoportable distancia que había constituido una lejanía más fuerte y poderosa que la propia distancia física. La tenía ahí. Al final de la calle, cruzando el paso de cebra. Blanco y negro bajo sus pies, como la vida misma.

Iba yo con mi sombrero azul y una sonrisa por toda expresión, cuando de pronto sonó un disparo sordo.

Brotó la sangre, y ella se desplomó.

Rápidamente, como movido por una fuerza mayor, arrastré su cuerpo, que en aquellos momentos había perdido ya una considerable cantidad de sangre, hasta dentro del restaurante más cercano que teníamos, y la cobijé lo más rápido pero lo mejor que pude por si volvía a cernirse sobre ella el plomo asesino. 

Los servicios de emergencia llegaron pronto. No hicieron preguntas; yo tampoco habría podido responderlas. Aún me pitaban los oídos.

La había estado mirando a los ojos. Los suyos reflejaban miedo, y los míos tenían en ellos el mayor horror que jamás habría podido experimentar. Luego sus ojos se cerraron, lo que me hizo temer más aún, si cabe.

La subieron a la camilla y yo, con decididos movimientos y silencioso, la acompañé hasta dentro de la ambulancia y de allí hasta el hospital.

Nunca había estado en una ambulancia. Estaba viviendo trágicos sucesos por primera y última vez. ¡Qué ironía!

Cuando llegamos al hospital ya la habían entubado y se la llevaron a quirófano. A mi me tocó permanecer en la misma posición que en la ambulancia: con los dedos entrelazados y las manos entre mis piernas, encorvado por el magno pero de la situación que acarreaba ahora sobre mis hombros. Ni el mismísimo Atlas habría podido soportarlo.

Llegó su familia. Nunca había visto a su madre, pero supe que era ella. Tenían los mismo ojos...

Apenas me hizo preguntas. El nudo en mi garganta y las lágrimas que brotaban de sus ojos no nos permitían hablar.

Estuvimos allí horas. Sentados uno junto al otro sin mediar palabra, gesto, acto o emoción que supliera aquella situación de desasosiego.

Desoí todas las advertencias, suyas, de los médicos y de mis propios padres de marcharme a casa. Solo conseguirían que abandonara aquella sala de espera si me sacaban a mi también en una camilla.

Después de esperar largo y tendido sin siquiera moverme, se me entumecieron los músculos y mis rodillas crujieron al levantarme para escuchar al portador de noticias bajo una bata blanca y sujetando unos papeles.

La bala había rozado un pulmón, el izquierdo. La cirugía había ido bien. Mejor de lo esperado, pero ella iba a necesitar sangre para poder pasar las horas siguientes.

Antes de que el médico diera más instrucciones yo tenía la camisa remangada a una altura suficiente. Sabía que nuestros grupos sanguíneos eran compatibles. Nunca lo había preguntado, pero en lo más hondo de mi ser tenía esa certeza.

Sentado en aquella sala rodeado de enfermeros extrayéndome hemoglobina suficiente para un regimiento, pensé en lo poético que sonaba que fuese a haber una parte de mi literalmente en su corazón. Cada vez que ese líquido que una vez formó parte de mi lo bombease su corazón, el mío latiría a compás con el suyo. Compondrían tan bella sinfonía juntos...

Insistí en permanecer a su lado en la habitación, pero pasadas unas horas comprendí que su familia requería privacidad. Me marché a la sala de espera, desde donde se podía ver el mar. No volvería a pasar por casa de mis padres antes de marcharme, e incluso retrasaría mi partida si fuese necesario, pero no pensaba abandonarla hasta que estuviera bien.

Transcurridas algunas horas más, y después de alguna que otra cabezada en aquel incómodo sofá, volví a la habitación 323,  fue su madre ahora la que se ausentó. Necesitaba un café  aire fresco.

Yo permanecí allí sentado, mirándola... ¡Qué bello ser! Su blanca y delicada piel... Cuánta belleza... ternura... delicadeza


Al día siguiente por fin despertó. Comprendiendo la situación,  por respeto a la familia directa pasé a segundo plano casi sin que se dieran cuenta.

En una de las múltiples visitas del médico, me dijo que había detectado algo extraño en mi sangre. Dijo que no tenía suficiente  información, pero que convendría hacerse un escáner completo.

En otro par de días a ella se iba a marchar a su casa, así que no había motivo para permanecer allí, importunando con mi presencia. Decidí que sería buen momento para concertar cita con mi médico.

La cita fue al día siguiente, miércoles a las 13:10. Qué distintas eran ahora las salas de espera, incluso aquella más bien vacía en el pueblecito... Conseguía turbarme los nervios, y eso no era algo que se lograse hacer con facilidad...

La doctora, al oír mis palabras  expresarle la manifiesta preocupación del médico del hospital, encargó un escáner completo urgente. Con ayuda de algunos contactos, se aceleró a la semana siguiente, lunes a las 9:37.

En todo ese tiempo, no fui a visitarla. Bastantes visitas tendría ya y no quería suponerle motivo de agobio. Algún ramo de flores sin más que un Á. como dedicatoria bastaba para que supiera que estaba en mis pensamientos a cada segundo.


El miércoles siguiente ya estaban los resultados. A las 11:27 entré a la consulta que tantas veces había visitado, sin saber que a partir de ese momento, en lugar de avanzar, las manecillas del reloj irían hacia atrás.

Historias de la vieja Rusia.

Escrito por lacienciadelasletras 20-09-2018 en Historia. Comentarios (0)

Recuerdo los desfiles de cuando era niño. De pie junto a mi padre. Viendo esos camiones paseando con cohetes, cañones... Sencillamente precioso.

Ah... Y todos esos hombres marchando al unísono. Saludándome al unísono... Nuestros soldados.

Nuestra nación...

Yuri Gagarin fue el primer astronauta. ¡Qué orgullosos estábamos!

Luego todo se quebró. Mi hija, carne de mi carne, sangre de mi sangre, se enamoró de un disidente. Comenzaron a aparecer rumores de que traicionaría al Kremlin por mi hija...

Cuando la capturaron... No podía soportar la idea de saber lo que le harían y no hacer nada al respecto. Así que obedecí mi instinto más profundo y escapé con ella.

Pasamos un auténtico calvario hasta poder cruzar la frontera por el lago Peipur, pero al otro lado esos cabrones nos estaban esperando.

Mi hija logró escapar, pero yo no tuve la misma suerte... Los del Kremlin decidieron dar un castigo ejemplar conmigo.

Esos desgraciados me enviaron a los campos de trabajos forzados de Siberia. ¿Puedes imaginar lo que eso supone para un comandante de las Spetsnaz? Yo había metido allí a más de la mitad de presos. En las celdas, que era donde me tenían a mi, solo quedaban cascarones de huesos esperando a abrazar cálidamente a la Dama de la Capucha.

Y aquí me pudro en mi celda, cuestionándome si para las atrocidades que he cometido durante todos estos años era justificación suficiente hacerlo en nombre de mi bandera... De mi imperio... Sin embargo, ahora que me encuentro aquí viendo cómo se me acaba la vida por haber salvado lo único bueno que he creado en mi trágica y miserable vida. Lo único bueno que quedará de mi...

Ahora soy yo, el poderoso coronel de las Spetsnaz, el que se codeaba con la élite de la potencia roja, el que cenaba con el mismísimo Putin, quien se pudre en el agujero al que vienen a parar todos los traidores...

Y durante todo el día una pregunta me ronda la mente. Ahora que mis lealtades han cambiado. Que todo en lo que creía y todo lo que defendí me ha dado la espalda. Mientras le ruego a Dios para que mi hija esté a salvo, retumba en mi cabeza sin cesar: ¿y si toda mi vida ha sido un error?

La botella.

Escrito por lacienciadelasletras 18-09-2018 en noche. Comentarios (0)

Y conforme se acababa la botella, nuestro tiempo también se agotaba.

Cada vez estaba más cerca el fondo. Fondo como en el que me encontraba yo esa noche. Fondo como el de mi corazón, hasta donde tú habías llegado con sorprendente facilidad.

Pero la embriaguez del momento era lo único que me hacía olvidar durante unos leves segundos. Luego volvía a golpearme la dura realidad. Esos 1700 kilómetros caían sobre mis hombros como pesadas losas de roca, y me recordaban que cada segundo que pasase aquí, te tenía más lejos. Cada momento era perdido, cada mirada vacía y cada sentimiento desperdiciado.

La botella estaba acabándose ya. Y ya apenas sentía nada. Ni el calor de mi acompañante, ni el aroma del mar... Mi añorado mar. ¡Cuánto lo echo de menos! ¡Qué de buenos momentos en su compañía!...

El fin se acerca. El vasito de mi bebida rusa destilada parece rellenarse cada vez con más ansiosa rapidez.

Y ahora ya vuelvo a sentir, pero es el ardor de la enfermedad que me recuerda que con la botella me estoy bebiendo lo que queda de mi. 

Y así, en esta pequeña y lejana habitación de Madrid, acompañado pero solitario, es como me despido... Sí. Apenas quedan ya unas gotas en la botella, pero como hay Dios que esta noche beberé mi vida hasta el último sorbo.

Así que sí, me despido de ti...